Los candidatos a gobernador que ganaron las pasadas elecciones de junio —la mayoría morenista— han comenzado a tomar protesta. El primer paso ya lo dieron, llegar al poder; ahora viene lo más importante, mantenerse y, no sólo eso, evitar echarle a perder el escenario al Presidente para las elecciones de 2024.
Los comicios presidenciales los agarrarán a mitad de camino, suficiente tiempo para demostrar de qué están hechos, para mantener su popularidad o decepcionar lo suficiente a sus gobernantes como para que decidan resarcir su voto dándoselo a la oposición.
Hay varios estados que recién estrenan gobernador, pero que la cosa no pinta muy bien. Ricardo El Pollo Gallardo se convirtió en gobernador de San Luis Potosí a pesar de las acusaciones que pesan en su contra por lavado de dinero y uso de recursos de procedencia ilícita y de que la Unidad de Inteligencia Financiera le estuviera pisando los talones. El Presidente no quiso perseguirlo y lo dejó llegar por algún extraño cálculo político.
Hoy tomará protesta Samuel García como gobernador de Nuevo León. Parece que a los neoloneses ya les gustó eso de la experimentación y si no les fue suficiente con El Bronco, ahora prueban con García, que también ha sido investigado desde 2019 por presuntas operaciones con recursos de procedencia ilícita y delitos fiscales.
Hay otros casos, como el de Layda Sansores, que se convirtió en gobernadora de Campeche; ahora serán los campechanos quienes tengan que vivir con sus extravagantes y estrafalarias formas de conducirse, pero si sólo fuera eso no pasaría nada, pues el mal gusto no es delito aún. Sin embargo, lo que sí demostró en la alcaldía Álvaro Obregón es que viste mejor que como gobierna. Su gestión fue tan mediocre y mala que su partido perdió las elecciones frente a la oposición.
Así como hay un Buró de Crédito que mantiene el historial de las personas, que registra cuando alguien debe o ha dejado de pagar, debería haber uno de gobernantes en los que se calificara su desempeño en cargos anteriores y los escándalos en los que estuvieron involucrados, y que no se les permitiera competir hasta que no liquidaran sus deudas históricas.
Pero si en San Luis Potosí, Nuevo León o Campeche hay dudas sobre los nuevos gobernantes, en entidades como Morelos o Veracruz hay certezas de que los votantes se equivocaron.
Cuauhtémoc Blanco, gobernador de Morelos, demostró qué es lo que pasa cuando se elige a un futbolista sin experiencia, primero como alcalde y luego como gobernador: le mete una goleada a la entidad. Seguramente puede decir su nombre de corridito, pero su administración es igual a la forma en que lee, pésima. El 30 de octubre, por ejemplo, durante el aniversario del natalicio de José María Morelos y Pavón dijo: “Él sabía que el avance se obtiene a través del rezago y la marginación de la población en una ilusión”. Ése fue tan sólo uno más de sus múltiples dislates. El punto es que Morelos va de mal en peor y él ni siquiera se la pasa en la entidad.
Cuitláhuac García, gobernador de Veracruz, tiene la costumbre de culpar de todo lo malo que le pasa a conservadores y pregoneros del viejo sistema (¿dónde habremos oído eso?). Las inundaciones de agosto en la entidad demostraron que su gobierno está rebasado y es cliente frecuente de las redes sociales por sus torpezas. La inseguridad está a tope y él se regodea en su ignorancia.
Se podrían incluir varios nombres a esta lista, pero por falta de espacio sólo se puede decir que el país va a entrar en un periodo sombrío, donde funcionarios ominosos que hoy gobiernan convivirán con los que están llegando.
Columna de Vianey Esquinca
Excélsior
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