El intento de asesinato a Ciro Gómez Leyva tiene culpables intelectuales, materiales, y un responsable político que trabaja como presidente de la República.
No digo que el Presidente haya ordenado dañar a Ciro –lo que afortunadamente se frustró por un blindaje–, pero es responsable de crear un clima de odio contra quienes ejercen la libertad de expresión.
Ese ambiente hostil también se extiende a propietarios de medios de comunicación que se han negado a censurar.
Ningún culpable o responsable de la emboscada homicida perpetrada la noche del jueves debe quedar impune.
A Ciro lo salvó el blindaje de la camioneta, pero los criminales pueden volver a intentarlo, ya sean pistoleros del narco o sicarios de políticos.
El ataque puede volver a ocurrir contra él o contra algunos de los que han sido estigmatizados por el Presidente como voceros de la oligarquía, de las mafias y otras organizaciones que, según el mandatario, complotan para dar un golpe de Estado.
A un colega nuestro, constantemente amenazado, Raymundo Riva Palacio, el gobierno le negó las medidas cautelares que en su momento solicitó.
Los narcos y matones de toda ralea están envalentonados.
A ello ha contribuido que, desde el primer mes que López Obrador asumió la Presidencia, etiquetó como aviesos adversarios del pueblo, y de su persona, a periodistas que ejercen la libertad de expresión, de crítica, dentro de la ley.
Prácticamente todos los días ataca con adjetivos, invectivas y calumnias, a periodistas e intelectuales que dan su opinión en los medios, y a los dueños de empresas de comunicación que lo permiten.
Cuando en un país como México, el más peligroso del mundo para ejercer el periodismo, el Presidente da nombres y apellidos de periodistas que le son incómodos y los colma de insultos, está poniendo en peligro sus vidas.
Y cuando ataca con saña todos los días, no puede pretender que no pase nada.
Su solidaridad con Ciro Gómez Leyva es un formalismo sin credibilidad.
En la semana dijo que Ciro, Sarmiento y Loret de Mola son deshonestos a los que “no hay que dejarles libre el terreno”.
“Es hasta dañino para la salud, o sea, si los escucha uno mucho, hasta le puede salir a uno un tumor en el cerebro”.
Cuarenta y ocho horas después emboscaron a Gómez Leyva, en un operativo armado para matarlo.
En lo que es una ofensa a la inteligencia del gremio periodístico, el Presidente expresó su solidaridad con Gómez Leyva.
Condenó el atentado, pues, dijo, “lo principal es que nadie puede ser molestado, afectado, dañado, y a nadie se le puede agredir y mucho menos quitarle la vida, que lo más sagrado, la vida humana”.
Es él, Presidente de la República, quien desde Palacio Nacional molesta, afecta, daña y agrede a los periodistas críticos todos los días.
Con su conducta hostil y verbo insolente, convoca de manera implícita a la agresión física contra periodistas y dueños de medios de comunicación, a los que señala como boicoteadores de su proyecto.
Ojalá el Presidente polemizara, debatiera, sería constructivo, pero no lo ha hecho en más de cuatro años.
Es falso que López Obrador polemiza, como dicen algunos de sus acríticos defensores.
Desafortunadamente no dialoga y mucho menos escucha para entender al que tiene una mirada distinta a la suya.
Eligió el camino que conoce: atacar, azuzar, descalificar como peones de conjuras golpistas a quienes señalan sus errores.
El clima de linchamiento –que no es de debate– ha terminado por enfermar a la nación.
Un abrazo a Ciro y a todos los que ejercen, y permiten que se ejerza, la libertad de expresión.
Columna Uso de Razón de Pablo Hiriart en El Financiero
Fotografía El Financiero
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