Recupero las expresiones del rey Felipe VI en su discurso de Navidad: “Un país o una sociedad dividida o enfrentada no avanza, no progresa, no resuelve bien sus problemas, no genera confianza. La división hace más frágiles a las democracias… las democracias en el mundo están expuestas a muchos riesgos que no son nuevos: hay tres en los que quiero detenerme: la división, el deterioro de la convivencia y la erosión de las instituciones…”
El propósito de estas líneas no es hablar sobre España, sobre la monarquía o la situación política en ese país sino simplemente recoger esas expresiones y hacer una breve reflexión sobre lo que ocurre en México.
AMLO, con su interminable narrativa, ha dividido profundamente a la nación. Desde el inicio de su administración, y si se quiere, desde que era candidato, no ha cejado en su empeño de retratar a dos Méxicos.
Por un lado, el México bueno y pobre (el que él representa) y el México de los cínicos y tiranos. Con sus reiterados mensajes, el presidente mexicano ha exacerbado la división, provocando así que fifís y conservadores detesten el movimiento de la 4T, y a la vez, que sus simpatizantes profesen sentimientos de rencor hacia los mexicanos que tienen distinto color de piel, diferente nivel socio económico u opinión política.Luego, la erosión de las instituciones. Desde su llegada al poder, AMLO ha puesto todo el poder de su popularidad para socavar a la democracia mexicana. Bien es sabido que al tabasqueño no le gustan los organismos autónomos. Por ello, ha encabezado una campaña de desprestigio contra las instituciones que suponen un obstáculo para la centralización del poder presidencial en su persona.
Más alarmantemente, AMLO abandera hoy una “cruzada” para desmantelar al INE, con el objetivo de reducir a la mínima expresión la institución que podría eventualmente poner un alto a la continuidad del proyecto de la 4T, y con ello, echarlo para abajo.
El próximo presidente de México tendrá la labor monumental de buscar sanar las heridas dejadas por AMLO; una nación fragmentada que exige a gritos contar con un gobierno que eche a un lado la retórica y que dedique sus esfuerzos al verdadero trabajo en beneficio de todos y de la unidad nacional.
En suma, y sin la voluntad de abordar el estado de la monarquía o de la democracia española, las palabras del rey Felipe VI resuenan en la vida política de México, y pareciera que hoy, más que nunca, aplican para una democracia en ciernes que lucha por su sobrevivencia
Columna de José Miguel Calderón en SDP Noticias
Foto Misael Valtierra
clh
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