“Es tiempo de medio silencio, de boca helada y murmullo, palabra indirecta, anuncio en la esquina. Tiempo de cinco sentidos en uno solo.”
CARLOS DRUMMOND
“Cuando los hombres inventan irse de repente, cuando pasan sin aviso de la adoración al desapego, es cuando ven a su mujer más crecida de lo que soportan.”
ÁNGELES MASTRETTA
Si hay un bautizo, él quiere ser el bautizado; si es boda, él quien se case; y si es el aniversario de la Constitución, él el Estado todo.
Así, si algo marcha en el país, de acuerdo con López Obrador es gracias a él. ¿Lo negativo? Eso, claro, ocurre a pesar de él.
El golpe contra la democracia ya había empezado hace cuatro años; se horada diariamente. El discurso y la narrativa obradorista hablan de una convicción profundamente democrática, pero la violación a la ley electoral, el desgaste a los órganos constitucionales autónomos —entre ellos el INE—, el desprecio hacia las minorías y un largo y penoso etcétera, muestran lo contrario.
El golpe lo ha venido preparando desde que decidió conferirle toda clase de potestades a las Fuerzas Armadas de México. Aduanas, aeropuertos, puertos, Tren Maya, Guardia Nacional; un rosario de actividades y funciones civiles que hoy ya realiza (o que controla) él, AMLO, a través de los militares.
Este mes estamos atestiguando cómo cierra las pinzas al terminar de desacreditar a la SCJN. ¿Que contraría al titular del Ejecutivo federal? La posibilidad de que los ministros del tribunal superior voten en contra de las reformas a las leyes secundarias en materia electoral, también llamado plan B.
Su apuesta es sencilla: quiere trastocar las elecciones, establecer el espacio para hablar de fraude masivo y de la necesidad de su intervención (junto con el aparato militar) para restablecer el orden constitucional. No quiere dejar la Silla del Águila, ni siquiera a alguna de sus corcholatas. Hará (está haciendo) todo por debilitar al INE, a los otros poderes federales, a las instituciones democráticas para, luego, ser él quien gestione “el orden” y la continuidad.
El poder real otorgado a los militares esboza una simbiosis entre López Obrador y este otro “agente”. Uno que no es poderoso al constituirse en un actor autónomo —como trata de ser el Judicial o se supone debía ser el Legislativo—, sino porque “de facto” es un grupo que cada día cobra más y más fuerza.
Analistas no hemos dejado pasar desapercibida una señal nada menor dada en el importante evento del 5 de febrero: López Obrador estuvo flanqueado por las Fuerzas Armadas, a la vez que Presidencia (es decir, él y su equipo de logística) desplazó a sus pares, a los representantes de los otros dos poderes del Estado. Absolutamente real el mensaje, sobre todo para él, a quien los símbolos le dicen tanto.
El rodearse de militares y alejarse de los representantes de los otros poderes federales fue más allá de una insinuación. Es un hecho de lo que estamos atestiguando. Hace tiempo que Andrés Manuel ha dejado de gobernar teniendo como interlocutores —ya no se diga contrapesos— a los otros poderes de la Unión. Su norma y su ley son la fuerza que ha arrebatado producto del índice de popularidad social.Y a esa sociedad no nos rinde cuentas, no nos informa de forma honesta y verídica lo que sucede en su gobierno y en el país.
Obviamente no me refiero a las fiestas que disfraza de informes; tampoco a su diaria palabrería hueca. Hablo de que nadie ha sido responsable de la pésima gestión para hacerle frente al covid, de la destrucción que ha significado una austeridad gubernamental mal planeada y peor ejecutada, del crecimiento de la pobreza y del decrecimiento de la economía, del horror en que está sumida la población en materia de salud y de educación. De la inmensa, apabullante, lista de problemas que se han ahondado en tiempos de la 4T y que afectan (o tarde que temprano afectarán) a todos los mexicanos sin excepción.
Y mientras, en lo que sí trabaja el mandatario es en sentar las bases para asirse al poder: desmantelar al INE, cooptar al Legislativo, otorgar un poder omnímodo a los militares y, ahora, dinamitar al Poder Judicial.
El golpeteo a la SCJN inició mismo antes de que se supiera que la plagiaria Yasmín Esquivel no quedaría de presidenta del tribunal. Disminución de presupuesto, investigaciones y absorción de fideicomisos, una arremetida diaria contra diversos jueces, la acciones tendientes a tener a la Judicatura Federal bajo su control y, recientemente, ataques ya nada velados contra la ministra Norma Piña.
Los cuatroteístas, por supuesto, le hacen “el uno-dos”. Y en esas jugadas, al más puro estilo neoliberal —pues dice que sería como cuando Ernesto Zedillo ocupaba la Presidencia—, Félix Salgado Macedonio sale con la propuesta de reformar el poder Judicial; desaparecer a la Suprema Corte como la conocemos hoy (cambiarle el nombre ya sería lo de menos). Pequeña/gran diferencia: Zedillo no designó a amigos a ocupar espacios en la Corte o a que minimizaran un plagio en aras de mantenerse en el tribunal para votar las resoluciones a contentillo del primer mandatario. Eso sí, hubo designaciones de todas las ideologías como luego lo demostró Olga Sánchez Cordero…
Poco a poco va quedando en evidencia la gran mentira de López Obrador (y miren que está complicado entre tantas miles): el quererse hacer pasar por un demócrata.
Lo dejó absolutamente claro ayer con su comentario: “la presidenta ministra de la Corte está por mí, porque antes el presidente ponía y quitaba a su antojo, ahora hay autonomía”.
La 4T va contra Piña y la SCJN, el último eslabón de la cadena en preparación para un golpe de Estado.
Columna de Verónica Malo en SDP Noticias
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