En medio de la vorágine de acontecimientos que sacuden diariamente a la opinión pública nacional, Claudia Sheinbaum, Marcelo Ebrard, Adán Augusto López, Gerardo Fernández Noroña, entre otros, buscan tercamente posicionarse con miras a obtener la candidatura de la alianza oficialista.
A pesar de los talentos, trayectoria y formación académica de algunos como Marcelo Ebrard, la realidad apunta hacia a un hecho incontrovertible: todos son grises como el cemento, no provocan la menor empatía entre los ciudadanos, no azuzan masas, no convencen espíritus y no poseen el menor carisma que les pudiese medianamente asegurar la victoria de 2024.
Sheinbaum, quien se perfila como la favorita de AMLO, y por ende, como la eventual candidata, es una mujer preparada. Sin embargo, el tono de su voz y la emoción que refleja en sus discursos en los mítines evoca antes bostezos que entusiasmo. Con esa expresión desangelada, que la pinta como una funcionaria de escritorio antes que una política natural, la ex jefe de Gobierno de la capital dista enormemente de provocar emociones y de convocar a las urnas.
Sin embargo, a pesar de las enormes debilidades que supone la ausencia de carisma y de talante como políticos naturales, Sheinbaum o Ebrard contarán con el aura mesiánico de AMLO y con el aparato del Estado, léase, el apoyo explícito del presidente, las movilizaciones convocadas por los gobernadores de Morena, y si se quiere, en caso de un conflicto post electoral, con el respaldo de la Guardia Nacional y de las Fuerzas Armadas.
En el caso particular de Claudia, sabedora de su grisura política y discursiva, ha optado por la patética estrategia de imitar al caudillo, no solamente en el discurso y con la cantaleta de expresiones como “conservadores”, “la mafia del poder” o la “oligarquía”, sino en el acento tabasqueño y en el lenguaje corporal.
Esta lamentable interpretación teatral, ejecutada por Sheinbaum e inspirada por AMLO, pone de manifiesto que Morena sí puede ser derrotado en 2024. Sin embargo, para ello, la oposición deberá optar por entregar la bandera aliancista a un candidato que sea capaz de mover espíritus, descolocar a las desangeladas y grises corcholatas, y a la vez, promover la unidad dentro de la alianza tripartita.
Tras la irrupción de Xóchitl, nuevos vientos de optimismo parecen envolver a los millones de mexicanos que desean terminar con el experimento de la 4T y que aspiran a depositar su confianza en un hombre o mujer que conduzca los destinos del país hacia un futuro más prometedor y lejano del recuerdo autoritario de AMLO y de sus corifeos. Las grises corcholatas buscarán evitarlo. Veremos.
Columna de José Miguel Calderón en SDP Noticias
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