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¿Por qué los Papas cambian de nombre al llegar al Vaticano?

La decisión es completamente libre, y el nuevo pontífice puede optar por el nombre de un Papa anterior, un santo de especial devoción o incluso una versión en latín de su propio nombre

¿Por qué los Papas cambian de nombre al llegar al Vaticano?

Cuando un nuevo Papa es elegido para encabezar la Iglesia católica, uno de sus primeros actos es decidir cómo será llamado durante su pontificado. Aunque podría parecer una formalidad, la elección del nombre papal tiene un trasfondo simbólico importante y suele decir mucho sobre el enfoque o legado que desea representar quien asume el papado.

La decisión es completamente libre, y el nuevo pontífice puede optar por el nombre de un Papa anterior, un santo de especial devoción o incluso una versión en latín de su propio nombre. El Vaticano señala que no hay reglas escritas sobre cómo debe ser elegido este nombre, pero sí existe una larga tradición detrás de esta costumbre.

Por ejemplo, Jorge Mario Bergoglio, actual Papa, eligió llamarse Francisco en honor a San Francisco de Asís, figura ligada a la humildad, la paz y la cercanía con los más pobres. Este gesto marcó desde el inicio su perfil pastoral. Antes de él, Joseph Ratzinger tomó el nombre de Benedicto XVI, haciendo referencia tanto a Benedicto XV, quien lideró la Iglesia en tiempos de guerra, como a San Benito de Nursia, patrón de Europa.

La tradición del cambio de nombre tiene orígenes antiguos. Algunas fuentes la sitúan en el año 996, con Bruno de Carintia, quien adoptó el nombre de Gregorio V. Otras versiones remontan esta práctica al siglo VI, cuando Mercurio, electo Papa, prefirió llamarse Juan II para evitar la asociación con el dios romano del comercio.

Lo interesante es que, desde entonces, casi todos los papas han seguido la tradición. Solo dos excepciones: Adriano VI y Marcelo II, quienes conservaron sus nombres de nacimiento. Además, ningún pontífice ha elegido llamarse Pedro II, por respeto al apóstol San Pedro, considerado el primer Papa. Ni siquiera aquellos que se llamaban Pedro de nacimiento optaron por ese nombre una vez electos.

Entre los nombres más usados en la historia figuran: Juan (23 veces), Gregorio y Benedicto (ambos con 16), así como Clemente, Inocencio, León y Pío, que también han sido repetidos con frecuencia. En contraste, nombres como Francisco, Romano, Dionisio, Liberio o Melquiades solo han sido utilizados una vez.

Más allá del simbolismo religioso, el nombre papal puede funcionar como un mensaje. Una forma de rendir homenaje a ciertos valores o figuras clave en la historia de la Iglesia, o incluso, de marcar distancia con estilos anteriores.

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