En enero de este año la Dirección General de Desarrollo Curricular de la Secretaría de Educación Pública emitió un documento de trabajo denominado Marco Curricular y Plan de Estudios 2022 de la Educación Básica Mexicana.
Este documento contiene un amplio diagnóstico de lo que ha sido el modelo educativo con enfoque en las competencias que tiene sus antecedentes en la denominada tecnología educativa. Parte de este diagnóstico señala:
“En la educación pública obligatoria ha prevalecido un discurso que argumenta las desigualdades sociales, económicas y culturales sobre la base de cualidades individualizantes como son las “inteligencias”, “competencias”, “talentos”, “facultades innatas”, “dones”, que tienden a ser estandarizadas y objetos de medición para distinguir a unos de otros bajo la lógica de que existen infancias inferiores que fracasan y otras que son superiores y destacan”.
Así, el mérito es concebido como la manifestación de la libertad y se individualizan el “éxito” y el “fracaso” escolar.
El documento también nos explica por qué se instauró este enfoque desde 1973, pues con los conceptos de tecnología educativa y de planeación educativa se buscó contener las consecuencias sociales, políticas y educativas que se desprendieron del movimiento estudiantil de 1968, desde la educación superior a la educación básica.
Se introdujo además el concepto de calidad para medir el desempeño del sistema educativo con indicadores como “eficiencia terminal”, “equidad”, “rezago”, “cobertura”, “egreso”, “pertinencia”, entre otros. Sin embargo, destaca en este sistema la reducción del tiempo para materias de ciencias sociales, las artes y el civismo.
También aparece en este diagnóstico un concepto demoledor del docente de educación básica: “en los últimos 50 años, las maestras y los maestros fueron en un principio operadores de un programa que fragmenta el conocimiento, y ahora se les considera facilitadores de información. Lo que ha cambiado con los años es que se han agregado más actividades a su práctica docente en el aula. Ahora, deben preocuparse por las reuniones del Consejo Técnico Escolar, la participación en la gestión de la escuela, la planeación, la evaluación, negociar con supervisores y directores, capacitarse, mantener su clase en orden y vigilar la disciplina en los recreos.”
¿No les suena esto tremendamente parecido a lo que encontramos en los documentos elaborados por las sucesivas administraciones de la BUAP desde el Proyecto Fénix hasta el Modelo Universitario Minerva (MUM), últimamente “remasterizado” en el llamado Plan de Desarrollo Institucional 2021-2025?
Se ha fomentado que las maestras y los maestros sean “ayudantes para aprender” y su función se reduce a “instruir”, “informar”, “aconsejar” y “animar”. Ahora nos explicamos la figura del “tutor”, que sólo disminuye la figura del docente cuya tarea central es formar al estudiante como sujeto de derechos. ¿Cómo formarlo si los propios derechos del docente, como tal, han sido conculcados?
El diagnóstico sigue: “la retórica es la misma: formar sujetos para que cumplan con los objetivos de aprendizaje, las competencias para la vida o los aprendizajes clave con el fin de que respondan a la demanda de capital humano para el sistema productivo de dicha sociedad”.
Yo me pregunto ¿cómo le va a hacer la administración central de la BUAP para desaparecer de sus planes, proyectos, de su jerga de más de tres décadas, la retórica calificada ahora como neoliberal?
Aunque lo intentaran, difícilmente van a poder deshacerse del “chip eficientista“.
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